POLÍTICA Y CULTURA

Germán Jiménez (Profesor en el IES Juan de Mairena – Mairena del Aljarafe).

¿Quién de cuántos estén leyendo ahora estas palabras no ha sentido un goce especial ante un libro, ante un cuadro, una melodía…? Por eso, sin duda alguna, nos mostramos siempre dispuestos a proteger “esas cosas” a las que llamamos cultura; sin embargo, ¿qué estamos haciendo realmente para defenderla? Pareciera como si al teatro lo tuvieran que defender los directores y los actores, a la música los músicos y a la pintura los pintores. En cambio ahora mismo, y sin trabajar en la sanidad ni en la educación, estamos defendiéndolas frente a los recortes económicos, porque las sabemos absolutamente necesarias en nuestra vida. Muchos más recortes ha sufrido la actividad artística y pocas personas hablan de ello; sería conveniente que nos preguntáramos qué nos está ocurriendo.

La actividad artística es uno de los elementos más débiles de nuestra sociedad y entre las razones de esta debilidad, no la más notable, se encuentra el hecho de que, al no haberse formado entorno a ella un tejido empresarial importante (salvo en el caso del cine), el arte ha quedado tradicionalmente en manos de los mecenas. Un mecenas no es un individuo o una entidad que financia generosamente con su dinero el quehacer de los artistas; los mecenas buscan –lícitamente- su prestigio social a través de los intérpretes y ocurre con frecuencia que, cuando dejan de interesarles, se libran de ellos sin demasiados problemas, porque calidad y rentabilidad desgraciadamente no siempre van unidas en el camino de la creación. En no pocas ocasiones, por otra parte, los mecenas se convierten en lo que podríamos llamar el “brazo ejecutor” del tirano, porque generalmente actúan como filtro y control de las actividades culturales que tan dañinas pueden llegar a ser a veces para los gobernantes: una cultura vigilada es una sociedad vigilada, por lo que no es una tontería el hecho de que en España se haya hablado en los últimos años de los artistas de la “zeja”. El propio Mecenas, los príncipes de la Edad Media, los burgueses de la Edad Moderna, los holdings empresariales del siglo XX… y, con la llegada del Estado del bienestar, los diferentes gobiernos y, en el caso español, las cajas de ahorros y los ayuntamientos han sido, aunque escondiéndose a veces en fines más o menos perversos, nuestros benefactores culturales, y gracias a ellos el pueblo español, convertido en público consumidor de cultura, se ha hecho quizás un poco más culto y más crítico de lo que éramos en los años setenta.

Desde que apareció esta crisis, la actividad cultural ha sufrido un serio retroceso en nuestro país y nadie ha levantado su voz contra una situación que nos deja con una sensibilidad desamparada: músicos, actores, compositores, escritores, pintores están siendo esquilmados y los que sobreviven lo hacen fuera de nuestras fronteras. Quedan los reductos de quienes, amparados por el PP o el PSOE o por el gusto efímero de una época, consiguieron cierta estabilidad económica y pueden todavía continuar en la brecha. ¿Es eso preocupante? Para mí, mucho; pero lo es más todavía el hecho de que, cuando los gobiernos o las bancos redujeron los gastos de cultura a cero, muchas voces dijeron que eso era lo normal ante una crisis, que bastante se había derrochado en tonterías, y nadie levantó su voz para explicar que si la actividad de los artistas desaparece en una sociedad, los ciudadanos serán mucho más débiles ante el poder político, porque se quedarán sin capacidad crítica pública, que eso es la cultura: la crítica permanente de una sociedad. Además, sin referentes culturales seremos más insolidarios, y lo más preocupante, mucho más tristes y más infelices.

Recuerdo la última entrega de los premios Goya, cuando los trabajadores del cine, haciendo uso de su libertad, se atrevieron a poner voz a nuestras quejas y a nuestras exigencias con cierta guasa y con mucha menos violencia de la que se gastan los políticos. ¡Cómo fueron tratados por los dirigentes del PP y por los medios de comunicación afines! ¿Cuántos les defendimos de aquellos argumentos pueriles y tópicos? “Aquí hay gente que no paga al fisco…” “Esa se pone vestidos de miles de euros…” “Aquellos viven del cuento…” Aplaudidos argumentos de tipos chulapones, aplicables igualmente a ellos mismos.

Y concluyo con un ejemplo que me toca de lleno. Cuando yo salí de Almería hace ahora veintiún años, el Paseo Marítimo estaba recién inaugurado, la Rambla era un caudal seco de donde había que sacar los coches cuando llovía, el edificio del PSOE quitaba el mar a la ciudad, pero ya llevábamos nueve años disfrutando de las “Jornadas de Teatro del Siglo de Oro”, a las que este año se les ha concedido el premio Max de la crítica. Si no es por la voluntad férrea de algunas personas, entre las que quiero citar a su directora, Ascensión Rodríguez Bascuñana, ese festival se hubiera ido probablemente al garete como ha ocurrido con muchas otras citas culturales en Andalucía y en España. Las entidades financieras que lo apoyaban hasta ahora argumentan que no pueden continuar con las ayudas (aquí se podrían decir tantas cosas…), y las administraciones públicas toman un camino muy semejante (… tantas como aquí.) Habrá que recordarles a todas esas entidades que además de bienes muebles e inmuebles, existe otro tipo de bienes que desgraciadamente no se registran en los libros de cuentas; habrá que recordarles que un bien cultural no es solo la portada de la iglesia de San Pedro o el Pingurucho de los coloraos. La afición hacia el teatro y a la cultura en general que las Jornadas del Siglo de Oro han despertado en la sociedad almeriense y en la andaluza es un logro que conocen sobre todo quienes han podido asistir, año tras año, a las mejores puestas en escena que se han hecho dentro y fuera de nuestras fronteras sobre nuestro teatro clásico. ¿Habría algún almeriense que no se levantara si oyera que peligra su Paseo Marítimo o que, por intereses económicos, piensan construir un circuito automovilístico en la Rambla? Pocos se quedarían en sus casas pensando que no tenían que defender algo que la sociedad almeriense, y no los políticos ni los banqueros, han hecho con su esfuerzo. ¿Y nos quedaremos sentados sabiendo que las Jornadas, que tienen más años que el paseo y la rambla, pueden desaparecer?

Si ver buenas obras de teatro, leer buenos libros y escuchar buena música es vivir por encima de nuestras posibilidades, muchos de nosotros queremos seguir viviendo muy por encima de nuestras posibilidades, pese a quien le pese. Y puesto que EQUO es un partido político que antepone las personas a los mercados, debe exigir a las autoridades financieras y políticas de la ciudad y de la comunidad que piensen que el dinero que administran no les pertenece como propiedad privada, que es de toda la sociedad almeriense y que en su bienestar y felicidad debe repercutir.

Dicho esto, emplazo a cuantas personas trabajan y han trabajado para las Jornadas a celebrar dentro de 70 años el centenario del festival. Puede que estemos más viejos, pero no más tristes ni menos desilusionados con el teatro.

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