El silencio cómplice

Agustín Madariaga (periodista)

Seguimos calladitos y sentados en el sofá, como si nos hubieran inoculado una vacuna contra toda reacción moral. Nada nos sorprende ya, nadie nos quita lo suficiente como para que nos revolvamos. Orillada la dignidad, ya nada parece que nos afecta.

Vivo en un país que deja que determinadas personas salgan a la calle con la cabeza alta y den lecciones, en un lugar donde se amenaza con los tribunales a quien desvela la basura, en el que se expulsa a los jueces que investigan, se despide a los periodistas que dejaron los dictados en la escuela primaria . Y no pasa nada.

El escándalo mayúsculo se cierra con un “es mentira” cuando sacude la viga maestra de “los nuestros” y se ataca sin piedad cuando afecta a “los otros”. Todos son “los otros”: están muertos y no lo saben. O estamos muertos nosotros, que nos mantenemos amarrados a nuestras pequeñas cosas, temerosos de perderlas, aunque se reduzcan ya a las míseras migajas del festín de la gentuza.

“Nosotros mismos somos nuestra peor penitencia”. Lo dijo Terencio y lo repitió Roa Bastos en su “Yo, el Supremo”, y penamos con individuos que en cualquier otro lugar serían pasto de la indignación social. No podrían salir a la calle sin recibir su merecido: el desprecio absoluto, el insulto lacerante, el vacío social.

Tenemos un presidente del Gobierno que juega a Don Tancredo rodeado de estatuas paralizadas por el miedo. Nadie mueve un dedo en un país lleno de vocingleros de barra de bar. Vanas palabras pronunciadas a gritos, que son callados por los sorbos de la sempiterna cerveza en la mano, mientras vemos a un idiota airear su vida en la tele o un partido de fútbol de un equipo con deudas cubiertas con dinero público o pelotazos urbanísticos inconfesables.

Llega María Dolores de Cospedal para negar la palabra al periódico que denuncia actos que ella califica como mentira. Es fácil de creer: inventar anotaciones contables de varios años y que algunas de ellas sean ciertas es muy sencillo y plausible. La tercera autoridad política del país –el Presidente del Senado- admite que lo que corrresponde a él es cierto. El líder de la plataforma Basta Ya confirma que recibió la pasta. Pero el resto es mentira.

Los recortes son por la herencia, porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, la corrupción está en otros, y Bárcenas nunca fue tesorero del PP y lo nombraron Rajoy y… ¿Cospedal? La amnistía fiscal no es amnistía ni hay dirigentes del PP acogidos a ella. Todo es mentira y todo es verdad. ¿Quién lo sabe? ¿No se trataba de éso?

Vivo en un país en que se puede retorcer la verdad y la mentira y todo puede salir gratis si eres lo suficientemente poderoso. Y escribo sentado, y ustedes  leen sentados. Y ellos se ríen de nosotros. Pero la culpa es nuestra. En cualquier otro lugar no quedaría uno: política y socialmente estarían en la fosa común del desprecio ciudadano y el paro político. Aquí nos enfurruñamos ante el ordenador, los maldecimos en el bar y volvemos a casa, sumisos y patéticos, a conocer qué han pensado quitarnos hoy.

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