EDUCACIÓN Y POLÍTICA

Germán Jiménez (Profesor en el IES Juan de Mairena – Mairena del Aljarafe)

Alguien podría pensar que hablar de educación en este momento político es algo secundario, que ahora hay cosas más importantes de las que preocuparse. Sin embargo, pienso –y pensarán muchos conmigo- que la actual situación (lo que está ocurriendo en España y cómo lo estamos viviendo) es el resultado de nuestra educación, entendida esta como la acción que han ejercido sobre nosotros, adultos ahora, la familia y las instituciones educativas, por un lado; y por el otro, todo el tejido cultural y social del país (tv, espectáculos, sistema productivo…) Por la misma razón, los que hoy leemos esto, dentro de veinte o treinta años, dependeremos de la acción que sobre aspectos tan importantes como el trabajo, la sanidad o la ecología ejerzan quienes hoy están educándose. Y es que la educación de hoy es la piedra angular sobre la que se articulará el futuro inmediato de cualquier país.

¿Por qué les resulta difícil a los gobiernos darse cuenta de algo tan evidente? Se suele decir que los gestores piensan siempre a cuatro años vista, y no está mal pensado, pero no pueden ser todos tan lerdos. Pudiera ocurrir también que muchos de ellos creyeran que una “buena educación”, es decir, la reflexiva y crítica, no fuera la más adecuada para un tejido productivo que intentan perpetuar en su propio beneficio. Tampoco pueden ser todos tan perversos. Cabe también la posibilidad de que muchos gobernantes, como es el caso de Wert, consideren que no hay que desperdiciar demasiados recursos para hacer posible que una fontanera piense en cómo podría mejorar la red de autobuses, o que un agricultor disfrute con la visita a un museo. Y si miramos bien, esas dos actitudes son la misma cosa, porque un agricultor que visita un museo y una fontanera que ofrece posibilidades de gestión están demostrando su capacidad de dar soluciones a su ciudad y, al mismo tiempo, de disfrutar de lo que la misma les ofrece. En definitiva, que hay que ser bastante torpe o malvado para no darse cuenta de que educar bien hoy es vivir bien mañana.

Llegado este momento, podríamos preguntarnos cómo trabaja actualmente nuestro sistema educativo por nuestro futuro. Pues prácticamente no hace nada, o peor, nuestra educación tiende a perpetuar la actual estructura social, política y económica, porque en ningún centro de los que conozco se reflexiona seriamente sobre estos aspectos. ¿Estoy diciendo que es necesario poner en la picota y echar abajo el sistema democrático del que disfrutamos? Lo que estoy diciendo es que una democracia que no se cuestiona a sí misma, se anquilosa y deja de ser -como está ocurriendo en la actualidad- “el poder del pueblo”, para convertirse en el poder de unos pocos, los que creen que saben hacer bien las cosas (oligarquía), o el poder de los que tienen más recursos (plutocracia). Y esa senda por la que -creo yo- vamos caminando actualmente, conduce a la tiranía. Nos lo cuenta la misma historia de España, cuando vemos que todas las dictaduras sufridas por nuestro pueblo han surgido porque un sector minoritario ha considerado que la razón y el “biensaber” están exclusivamente de su lado y, menospreciando a los demás, se sienten autorizados para obligarnos mediante la violencia a vivir de una determinada forma; de la misma manera que un padre golpea a un hijo con la buena intención de forzarlo a ir por el “buen camino”. Todas las dictaduras comportan un alto grado de “tú no sabes” y un “yo ya te lo dije”.

Un buen sistema educativo eliminaría, sin lugar a dudas, esa posibilidad, porque la fontanera y el agricultor estarán tan preparados para ayudar y representar a su ciudad como el más alto de los magistrados. Lo que estoy diciendo, en definitiva, es que el mejor reconstituyente para cualquier democracia será siempre una buena educación.

Si alguien ha sido capaz de llegar hasta aquí después de tantas palabras, podría pensar que lo que yo pretendo es que en las universidades, en los institutos y en las escuelas haya una “Formación del Espíritu Nacional” como en tiempos pretéritos. Soy defensor de la “Educación para la Ciudadanía”, pero tan solo tendríamos que hacer caso a la recomendación de Séneca, “Non scholae, sed vitae discimus”, que los que no saben latín, o les duele lo que dijo el filósofo, traducen como “No aprendemos de la escuela, sino de la vida” ¡Qué tontería! ¿Por qué no vamos a aprender de la escuela? Mi experiencia me dice que lo poco noble que algunas personas saben lo han aprendido en la escuela y no, desgraciadamente, en la vida. Lo que dicen esos latinajos es algo verdaderamente interesante, que “no aprendemos para la escuela, sino para la vida”; es decir, que nuestros estudios nos ayudarán a conocer mejor el mundo que nos rodea y a nosotros mismos, que nos ayudarán a encontrar soluciones donde otros no ven más que problemas, y que nos ayudarán a delimitar mejor lo honesto de lo deshonesto, lo justo de lo injusto. (Aunque luego hagamos como Ovidio, que veía siempre donde estaba lo mejor, pero lo que más le tiraba era, a pesar de los pesares, lo peor.)

Para comprender bien hasta dónde quiero llegar, debo hacer una distinción metodológica entre dos conceptos que, a ciencia cierta, no sé dónde comienza uno y donde acaba el otro. Me refiero a los conceptos de “enseñanza” y “educación”. Sé que esto no será compartido por algunos teóricos y probablemente tengan sus razones, pero a mí personalmente me sirve para comprender y hacerme comprender. Veamos. Enseñamos en conceptos y materias, sirviéndonos fundamentalmente de la palabra (logos) y del método ensayo-error. Pero educamos en hábitos y valores con un simple gesto y sin más método que el de nuestra respiración. De esta manera, enseñar cuál es el sujeto en una frase o qué significa el exponente en una cifra, para lo que se exige cierto grado de abstracción, no es lo mismo que educar en un compromiso ecológico o en actitudes de cooperación y no violencia. Cualquier joven tendrá muchas posibilidades de fumar o de ser violento si ha visto que la norma es el cigarro entre los dedos paternos o que la violencia arregla determinados conflictos, por muchos cursos intensivos que se le ofrezcan al respecto. Pienso entonces, y esto es lo más importante, que un padre o una profesora enseñan en momentos puntuales, pero siempre siempre están educando.

Por otro lado, tenemos que insistir hasta la saciedad en que la política no es lo que vemos actualmente en los informativos, no es ese pozo ciego adonde confluyen las cloacas de los partidos políticos. ¿Por qué digo esto? Para que comprendáis que lo que realmente intento demostrar es que la política, es decir, la búsqueda de una sociedad más feliz, de unas estructuras económicas menos humillantes, la búsqueda de una autonomía del individuo dentro de una sociedad compartida, no es una cuestión de enseñanza, sino de educación. Por eso, explico diariamente en clase que ni el Rey ni Rajoy ni Obama tienen más saber político que cualquiera de nosotros. Y que si pensamos así, seguimos el mal juego de quienes nos hacen creer que la política es mala para que, irremediablemente, acabemos poniéndonos, indefensos, en las manos de los “menos malos”. Permitidme un desahogo: ¡Qué atrocidad!

“¡Una educación de calidad!” gritamos hasta la saciedad. Pues bien, ya es hora de discutir sobre los criterios de lo que significa “calidad”. Yo pongo el mío y me gustaría que la gente de EQUO lo compartieran: Una enseñanza de calidad es aquella que abre ante el individuo un horizonte utópico que guíe nuestra acción, aquella que nos ofrece la posibilidad de un mundo mejor para todas las personas, logrado mediante la cooperación y el diálogo, es decir, mediante la política. Y eso solo será posible si el sistema educativo llega, por igual y con la misma intensidad, a todas las mujeres y a todos los hombres sin ningún tipo de discriminación. No es paternalismo, no es caridad. Es un acto de justicia.

Los contenidos que publica esta página son opiniones personales y no reflejan la posición oficial de EQUO Sevilla en ningún tema tratado.

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