Aprendiendo de la Operación IKEA

Esteban de Manuel (coportavoz de Equo Andalucía).

La operación IKEA, nos permite extraer varios aprendizajes tanto a ciudadanos como a políticos, que nos llevan a pensar, otra vez, qué ciudad queremos y qué modelo de producción de actividad y de empleo nos interesa. Este caso ilustra muy bien cómo se ha hecho el urbanismo en los últimos años y hasta qué punto esta forma de proceder estaba basada en una quimérica ilusión de crecimiento, sustentada en mecanismos especulativos, que se ha demostrado manifiestamente insostenible para el territorio y para la economía local. Los ayuntamientos se han financiado fundamentalmente a partir del crecimiento urbanístico a base de firmas de convenios y licencias de obras. Pero esto supone ingresos para hoy y gastos para mañana. En el caso que nos ocupa, los propietarios del polígono San Nicolás Este pagaron al ayuntamiento 2 millones de euros al suscribir el convenio en virtud del cual este suelo rústico, de alto valor agrícola, pasaría a ser urbanizable. Este convenio se justifica por su contribución a realizar una infraestructura urbana, la SE-35, que se considera necesaria para la viabilidad de esta operación. Pero esos ingresos, como ha sido norma en todos los ayuntamientos, se destinaron a financiar otras operaciones. Esto se podía hacer así porque se confiaba en que en el futuro nuevos convenios o ingresos por licencias podrían a su vez financiar la SE-35. Este modo de proceder, que alimentó la burbuja inmobiliaria, ha fracasado estrepitosamente dejando un nivel de endeudamiento municipal que nos va a lastrar en las próximas décadas. El modelo era a todas luces insostenible pero nadie lo quería ver, ni ayuntamientos, ni administración autonómica, ni promotores ni urbanistas, pese a las advertencias que hiciéramos ya en 1999 al respecto en el seminario “La ciudad que tenemos, la Sevilla que Queremos”. Ya entonces defendíamos que la revisión del Plan General de Sevilla no debía tener como objetivo el crecimiento, pues la única demanda que lo justificaba era la especulativa, sino la transformación y mejora de la ciudad existente, centrándose en la mejora de  sus barrios, y en la reducción de su huella ecológica. Hoy, el estallido de la burbuja inmobiliaria nos hace ver que hemos urbanizado, medio construido o construido mucho más de lo que seremos nunca capaces de llenar de vida y actividad. Y que el modelo urbano generado con este crecimiento nos va a generar enormes costes de infraestructuras y de gasto energético en movilidad que son a todas luces imposibles de sostener, una vez la era del petróleo “barato” está llegando a su fin.

Por otra parte, el caso concreto de IKEA es ilustrativo de otra ilusión, la de que hay que dar todas las facilidades a esta multinacional por su capacidad de crear empleo. Dejando de lado la intolerable actitud de prepotencia con la que ésta se ha dirigido al gobierno municipal para exigirle una recalificación urbanística que mejore la edificiabilidad de la zona, habría que tratar este tema con menos simplismo. Sería necesario un estudio serio y riguroso sobre el impacto en términos de economía y empleo de esta decisión. En este estudio se deberán detallar las pérdidas de las empresas del sector del mueble local, las ya que ya se vieron obligados a cerrar con el primer IKEA, y las que lo harán ahora. Y contabilizar los puestos de trabajo perdidos y que se perderán. Todos sabemos que el empleo lo generan las pequeñas y medianas empresas, que están radicadas aquí y son a ellas, más que a las multinacionales, a las que debemos apoyar. Para tomar decisiones del calado de las que se están tomando en el caso IKEA es preciso pensar de forma más compleja, tener todos los datos en la mano, y con ellos, apostar por el futuro en lugar de intentar apuntalar un modelo urbano y económico que se ha demostrado fracasado.

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